Cuando comencé a pensar qué escribir para inaugurar este espacio, me vino a la cabeza todo sobre lo que no escribir. “No voy a escribir sobre mieloma, sobre factores ambientales agregados a un posible factor genético, sobre diagnóstico diferencial, sobre estadísticas de sobrevida post-diagnóstico. No voy a escribir sobre razas propensas a la enfermedad”. Esa palabra –enfermedad- fue como un freno para mis evasiones.
No soy médica, por lo tanto no estoy oficialmente autorizada a explayarme sobre enfermedades. Ok! Sólo que no es éste el factor que me impide hacerlo, pero sí, mi visión profesional sobre la cuestión “enfermedad” . Explico: no logro ver enfermedad sin enfermo, sin la sociedad de una relación con una persona. Entonces no quiero escribir sobre enfermedad y, en realidad, ni acerca del enfermo. Quiero escribir para la persona que, de repente, supo que es portadora de una enfermedad grave que, por aún ser incurable, aunque tratable, la coloca bajo amenaza de un riesgo fatal. Una amenaza que quizás la deje en pánico, angustiada, sufriendo. Una amenaza que tal vez le haya robado su alegría y el derecho a hacer proyectos, de soñar con un futuro.
Por eso, sabiendo que es difícil, no tengo cómo no hablar sobre la muerte, esa pesadilla que nos da miedo independientemente de los consuelos religiosos. Tenemos miedo porque entendemos la muerte como el fin de la vida, el nunca más para siempre de todo lo que conocemos.
La muerte, concretamente, representa todo eso tanto para la persona amenazada como para sus familiares. Por más racionales que fuéramos, por más grande que sea nuestra intelectualidad, nuestros conocimientos, por más que nuestra cultura trascienda por límites místicos, la idea del “fin” asusta.
El estar “preparado” no hace que duela menos cuando aparece una enfermedad, cuando ocurre una pérdida.
Yo tengo miedo y no me gusta pensar en la finitud de la vida que conozco. Es más, creo injusto que personas de bien sufran, me duele saber que un niño nace condenado con alguna enfermedad o alguna deformidad. No tengo respuestas a los tantos “porqués” que aparecen en muchos momentos de sufrimiento.
Yo no tengo mieloma y, en principio, ninguna enfermedad alarmante, pero tengo una larga historia de pérdidas. No por eso aprendí a sufrir menos o a sufrir mejor en estas horas, y es desde este lugar humano que yo comprendo mejor lo que sucede cuando una persona escucha de su médico la noticia de que padece una enfermedad grave.
Sea como fuere dada la noticia, con cuidado o con delicadeza, ésta convierte a la muerte en una posibilidad real. Por más fuerte que esa persona sea, verá desmoronarse su mundo por una fracción de segundos.
En este sentido, les quiero contar una historia, un hecho real duro de recordar para mí. No se trata de una de aquellas historias conmovedoras y lindas que circulan por Internet. Tuve un médico que era campeón en artes marciales y en otros deportes, era musculoso, saludable, con aquel aspecto de quien se cuida también con una alimentación sana. Desarrollamos una fuerte relación médico-paciente. Una vez lo encontré en un supermercado y me sorprendí a mí misma intentando esconder de él todo lo que yo había comprado. Explico los motivos: un día, fui a consultarlo con la intención de adelgazar, a sabiendas de que cualquier necesidad de uno de sus pacientes sería atendida con la misma dedicación, independientemente del nivel de gravedad. Mi preocupación con mi salud física y estética tuvo, o mereció por parte de él, la misma dedicación que la que les daba a sus pacientes con cáncer. Eso era posible gracias a su visión psicosomática del hombre y sus enfermedades, algo que lo guiaba en su práctica de la medicina.
Quizás por ello, el médico quedó desalentado cuando supo que mis fines de semana comenzaban los jueves por la noche. Su expresión fue: “Gláucia, tu necesitas cambiar eso, llevar una vida alimentaria más sana. Somos lo que comemos. Todo lo que entra por nuestra boca establece la calidad de nuestra vida presente y futura. Y decide cómo vamos a vivir o morir”. En aquel momento ninguno de nosotros dos teníamos idea de toda la razón que el tenía: lo que ingerimos no sólo decide cómo vamos a vivir o a morir, sino si vamos a vivir o morir. El murió hace poco tiempo por la ingestión, aún inexplicable, de arsénico.
Quedé shockeada, triste y conociendo su sabiduría para identificar los síntomas, deduje que él tuvo tiempo suficiente para percibir todo lo que le estaba ocurriendo. En mi fantasía, su percepción debe de haber dolido más y debe de haberlo matado primero. Fue, entonces, que lloré.
Así las cosas, desde aquella primera consulta, mi vida continuó; aquel hombre sano se fue mientras yo sigo por aquí, luchando contra mi sobrepeso. No tengo la menor idea de cuál será mi fecha de vencimiento, como él tampoco la tuvo sobre la suya. Y sólo hubo para mí un pronóstico de probabilidades negativas.
La cuestión de la “probabilidad de tiempo de vida” es lo que quizás determine una diferencia entre quien se arriesga o no con un diagnóstico cerrado. Quien tiene un diagnóstico piensa más en ese plazo que quien no lo tiene, aunque para ninguno de los dos existan certezas absolutas acerca de ello. Las sorpresas son frecuentes. Las excepciones pueden convertirse en regla, pero esta es una conversación para otra oportunidad.
En síntesis, el momento del diagnóstico, más allá de fijar el hecho del riesgo anunciado, puede también ser un momento para tomar una decisión: ¡cómo lidiar con la vida a partir de allí!
Nadie quiere hablar sobre un fin real; ni pacientes, ni familiares, ni médicos, ni psicólogos, ni cuidadores. Tal vez sea más fácil manipular una máquina, químicos, conocer lo que puede aliviar dolores físicos y asegurarse así un grado de relativo confort. Porque nuestros dolores subjetivos, que la medicación no calma, nos coloca frente a frente con nuestra impotencia.
No elegimos ni planeamos sufrir. Incluso no elegimos ni planeamos morir. La elección del suicida no es por la muerte, sino por el fin de un sufrimiento. Cuando la amenaza de la fatalidad golpea nuestra puerta, vivimos una serie de reacciones que ocurren de manera absolutamente personal: negación, perplejidad, rabia, depresión.
Por todo ello, lidiar con la muerte es personal, es particular, depende del modo de ser de cada uno, pero nada nos puede impedir intentar encontrar una manera de sobrellevar eso. Porque, sea por una razón o por otra, todos buscamos una manera mejor de lidiar con la vida.
Hasta la próxima, Gláucia Telles Sales, entre otras cosas, psicóloga.
Contacto: espacodevida@myeloma.org.br