Hola
Espero que estén bien. Qué estén teniendo días buenos, benditos por Dios.
Pensando qué escribir de esta vez, me incliné naturalmente para un libro que se volvió mi amigo de cabecera. Este libro, me lo prestó la Dra Laís, en Salvador, cuando estuve allí en un Seminario. Se lo iba a devolver en el Seminario de São Paulo, pero no vino. Voy a desconsiderar, intencionalmente, la posibilidad de enviárselo por correo, con la expectativa de que tal vez, se lo pueda devolver el año que viene. ¿Quién sabe?.
Volviendo al Libro (1), este es de una delicadeza increíble, nació de la sensibilidad de una profesional que es un ser humano iluminado, la Dra. Rachel Naomi Remen, médica que trabaja con Psico-oncología y da clases sobre Medicina para familias y comunidades en la Universidad de California, San Francisco. Uno de los comentarios que otro profesional hizo sobre el libro es que la autora muestra cómo los médicos pueden pasar a ser curadores y no simplemente técnicos del cuerpo humano, transformándose en alquimistas del alma.
Esto es muy bonito, sólo que tanto médicos como otros especialistas del área de la salud pueden ser muy descuidados cuando se trata de lidiar con la naturaleza humana.
Lo que sucede es que la mayoría de los entrenamientos profesionales trabaja con ideas como la que el profesional no se emociona, no llora, no debe manifestar emociones adelante del paciente. Algunas concepciones pueden, inclusive, arrancar puntos de vista que la ciencia humana combate hace décadas. Pueden separar lo que las mismas ciencias llevaron a las mismas décadas para juntar: psiquesoma. La enfermedad no es algo que se instala en una cosa. La enfermedad se coloca en una persona. No en un cuerpo, ni en una mente, sí en una persona. Es una persona que se enferma, es una persona que tiene dolores, que mejora con analgésicos, es una persona que tiene miedo, que tiene esperanzas, es una persona que tiene frustraciones, es una persona que sufre cuando alguien que ella ama está enfermo.
Pero porque somos todos personas, estamos acá, profesionales y legos, en el mismo barco. No hay nada en este mundo – dinero, posición social, tradición genealógica, titulación – que viabilice cambios en el estatus de la especie. Todos estamos hechos del mismo barro y queremos soluciones rápidas para los dolores de todo tipo. Dolores físicos, dolores psíquicos. Dolores del cuerpo. Dolores Del alma.
Cuando nos toca el sufrimiento, podemos hasta negar, hacer de cuenta que con nosotros las cosas son de otro órden, pero esto no es así. La miseria humana es un privilegio de todos como las maravillas de “ser humano”.
El dolor y la enfermedad no eligen puertas y no hay llaves técnicas que sean capaces de cerrar el paso para que ella no entre.
En una parte del libro, la Dra Rachel cuenta que atendió como pacientes a dos cirujanos, respetados profesionales de una misma facultad de medicina.
Los dos, sin saber uno del otro, la buscaron por la misma razón: soledad, depresión, debilidad. De a poco ellos se pudieron abrir con ella y hablar de su preocupación y de su interés humano por sus pacientes y del cuidado para no demostrarles esto ni para sus pacientes, ni para otros médicos.
Compartieron, incluso, sus cuestionarios más íntimos como si había algo más misterioso, menos científico, que explicase el porqué algunos cirujanos tenían mejores resultados que otros. (p66).
También hablaron sobre cómo se maravillaban frente a la fuerza con que las personas se recuperaban o aprendían a vivir bien a pesar de las pérdidas.
Vale destacar lo siguiente: Ellos eran colegas profesionales hacía más de veinte años, pero no se conocían. Tenían en común hasta la terapeuta, pero ni uno ni el otro lo sabía. Ellos se aislaron en sus impedimentos protocolares.
La autora dice:
“médicos sufren muchas decepciones toda la semana, desde un suave codazo del examen del laboratorio diciendo que la medicación no está haciendo efecto hasta la patada de la muerte de un paciente. Es un terrible peso para que lleve una persona que se importa con los otros. Sin embargo, esa pérdida no se reconoce, ni se plantea.”(p63)
Bueno, insisto en repetir que todos somos seres humanos y que por lo tanto esta forma de actuar – no reconocer que está doliendo, que está pesado – no se aplica sólo a los médicos. Por ejemplo, la autora cuenta el caso de una paciente que había sufrido una obstrucción intestinal temporaria debido a las adherencias provocadas por la radiación del tratamiento de cancer que había hecho hacía algunos años. Ella tenía dolores muy fuertes el día entero. Contó que cuando comenzó el dolor, comenzó a arreglar su maleta, colocó su estuche de maquillaje, una camisola y un libro de suspenso que estaba leyendo. Luego de esto, manejo cuarenta kilómetros hasta el hospital, parando en la banquina de vez em cuando, para esperar que pase el dolor o a veces para vomitar. Pasó el día entero sóla en la guardia. La Dra Rachel le preguntó porque no había llamado a alguien para que se quedase con ella y ella respondió: “¿Porqué tendría que llamar a alguien? Ninguno de mis amigo sabe nada sobre la obstrucción intestinal.”
A partír de este momento ocurre este dialogo: (p70)
- ¿Porqué no me llamaste?
- Porque esa no es exactamente su especialidad
- “Jessie.... hasta los niños corren instintivamente para los otros cuando se caen”.
-“ Y sí, nunca entendí eso. Qué tontería. Dar besitos en la lastimadura no alivia el dolor”
- “Jessie, no alivia el dolor pero sí la soledad”.
Muchas veces actuamos como Jessie ante nuestros dolores. Lo unico que
queremos es que un conocimiento especializado nos socorra, pero corremos a
partir de nuestra especialización humana cuando alquien que amamos
sufre algún dolor.
- Dos pesos, dos medidas. Cuando es nuestra vez, la soledad. Cuando es la
vez de un amigo, no queremos dejarlo sólo. ¿Ustedes ya escucharon que
estar sólo es marcar un encuentro consigo mismo y dejarse plantado a
última hora?
Nosotros hacemos bastante eso. A veces no podemos pedir ayuda porque no aprendimos como se hace, o porque tenemos verguenza, o porque no nos permitimos necesitar. Nos hacemos lo suficientemente fuertes para aguantar todo mientras bebemos, fumamos, comemos o hablamos mucho. Un día le dije a una persona: Muchas veces actuamos como carruajes vacios. Hacemos mucho ruido. Se puede escuchar de lejos. Un carruaje cuando está lleno es silencioso.
Terminando por hoy, les deseo que se transformen en carruajes llenos, cargados de mucho amor, de mucha amistad por el próximo, de mucho cariño y respeto por todos aquellos a los que ustedes aman.
Pero también les deseo que sean así con ustedes mismos. Que no se aislen en el dolor, que no se queden solos.
Compartan la vida con quien aman en todos los momentos y no sólo a la hora de la fiesta, de la pizza de los viernes, de las pastas del sábado, del asado del domingo, de los cumpleaños de la familia y amigos, de las cenas sociales para salir bien en la foto. Compartan también cuando las cosas no están bien. Estas son horas muy importantes, inclusive, para conocer quien está a nuestro lado, para saber con quien podemos contar.
Por esto, que ustedes tengan con quien contar, siempre, y que ustedes sean personas con quien se pueda contar.
Hasta la próxima
Gláucia Telles Sales
(1). Historias que curan: conversaciones sabias al pie Del horno. São Paulo: Ahora, 1998