Después de leer el segundo artículo, en diciembre, una amiga me preguntó: “Cómo te has metido en eso?”. Así: Me metí en eso por la misma puerta por la que se metieron todos ustedes, los que están leyendo este artículo, ya sea como portadores de mieloma o como familiares.
Hace casi nueve años me enteré que una cuñada mía padecía mieloma. Dada por familiares, la noticia vino floreada de amenizaciones del tipo “fue diagnosticado en el inicio, gracias a Dios, “fueron detectadas las células iniciales, que diagnosticado en el inicio, pueden llevar a la formación de...” o “Todo irá bien”.
La estructura de nuestra familia quedó, entonces, afectada. Mi cuñada, además de ser un miembro importante del clan, era un personaje fuerte en nuestras fiestas por sus particularidades, porque, por ejemplo, cantaba y bailaba “Trem das Onze” acompañada por la orquesta que nosotros integrábamos: guitarra, violín, maracas y timbales y un coro de alegría espontánea.
Fue después de una de estas fiestas que la noticia llegó hasta mi.
Mi primera reacción fue comprar la esperanza que las amenizaciones vendían. Yo pensé que “como fue diagnosticado en su inicio, no permitirá la formación de un mieloma”.
“Fue así que me metí en esto”, conté a mi amiga y a un señor con el que conversé por teléfono (el recibió su diagnóstico en octubre y desde entonces está lidiando con la idea de que “termitas comiendo sus huesos siempre tan duros”).
Fue así que entré en contacto con esta enfermedad , pero no con el universo de la psicología, de las emociones, de los sentimientos, de los dolores mentales, de nuestra humanidad.
En este universo yo nací y, con el correr de la vida y del aprendizaje, mi modo profesional fue delineado y mis experiencias personales han fortalecido mis convicciones y comprensión científica de los fenómenos.
Desde este lugar de trabajo, les digo algo que no es ninguna novedad: podemos hacer discursos maravillosos sobre resignación, sobre aceptación, sobre conformarnos con situaciones difíciles, inevitables, pero nuestra naturaleza humana no silencia su habla, el habla del deseo de vivir, siempre, en felicidad plena, garantizada por la perennidad del que ama.
Entonces, de plano, negamos lo que pone en riesgo esta posibilidad. Rechazamos el sufrimiento y la idea de pérdida.
El recurso químico (antidepresivo, ansiolítico, somníferos, etc) es un gran aliado en estos momentos porque silencia el síntoma –el dolor- y nos lleva a creer en la cura.
Eso es básicamente una ley general, válida para todo. Por ejemplo: estamos con una jaqueca proveniente del hígado, tomamos una medicación analgésica y nos mejoramos. El hígado sigue con sus complicaciones , sin ser tratado, pero sólo recordamos que tenemos que tratarlo en la próxima jaqueca.
Así, tendemos a lidiar con nuestra vida, con recordar vivir bien el hoy, que es la única certeza de tiempo que tenemos.
Parece que sólo tomamos en serio esto cuando una gran amenaza golpea nuestra puerta. Hasta el momento, hacemos de cuenta que todos está bien, tapamos soles con las manos, pasamos merthiolate y colocamos curitas en heridas y raspones sin buscar entender por qué es que estamos lastimándonos tanto y se es necesario que sea así.
Las ciencias médicas caminaron mucho sobre el tratamiento del mieloma, garantizando no apenas un largo tiempo de sobre vida pos diagnóstico, sino también calidad de vida en este período. Ahora, en cuanto a la medicina psicológica, ésta no se afianza bien porque entre otras razones depende mucho de las características personales, mismo que sea posible acercarse a las aproximaciones estadísticas.
De cualquier forma, el trabajo de atención a pacientes y familiares necesita ser de sociedad entre las áreas de cuidado –áreas físicas y psi. El resultado de esta alianza puede hacer la diferencia y llevar al gran beneficio de la victoria: la victoria de la vida sobre la muerte, entendiendo la vida como el vivir de ahora, de hoy, creyendo que lo importante es aprovechar de uno y de todos los que amamos mientras estamos vivos.
El camino del trabajo psíquico es arduo: se transita lentamente, paso a paso, pero el puede apuntar hacia luz al final del túnel. Mi cuñada partió en inicios de 2005, pero sus carcajadas, su voz y su imagen cantanto y bailando “Trem da Onze” quedarán vivas para siempre en la memoria de cada uno. Serán tan infinitas como infinitas sean nuestras fiestas.
No sería así nos no tendríamos este buen recuerdo si no hubiera trabajado “su cabeza”, como decía. Si hubiera desistido de ser feliz mientras viviera y decretado a todos nosotros su muerte en vida, entendiendo muerte como el fin inevitable a todos nosotros.
Por eso quiero que se cuiden, en todos los sentidos. Ustedes pacientes, ustedes familiares. En el próximo artículo espero contar con la presencia de este nuevo amigo de Rio de Janeiro porque lo que cada persona tiene para decir, a partir de propia vivencia, es de una riqueza única. Puede, a veces, ser todo lo que alguien necesita escuchar. En este caso, leer.
Hasta la próxima, Gláucia Telles Salles